Leer también es salvar(se)

Aprendí a leer gracias a mi mamá. Historiadora, siempre estaba con un libro en sus manos, repasando la historia contemporánea de Brasil, los análisis de los procesos democráticos en Latinoamérica o los ensayos sobre la imagen de la mujer en la publicidad.

También era ella quien me leía las cartas que me enviaba mi abuelita Sônia que, imposibilitada de escucharme por teléfono, optaba por ese medio de comunicación.
Y principalmente: era ella quien me leía todas las noches, sagradamente, mi obra favorita
de niña: El libro de las virtudes para los niños, de William J. Bennett e ilustrado por
Michael Hague.

De tanto escucharla repitiéndome los cuentos, los memoricé. Poco a poco los símbolos antes indescifrables se convirtieron en sílabas, las sílabas en palabras y las palabras en relatos. Tenía cuatro años. 

Fue un camino de ida, sin vuelta atrás. Pasé la infancia y la adolescencia devorándome libros. Mientras tanto, veía cómo mi mamá seguía, ella misma, leyendo de todo: novelas, cuentos, poesía, ensayos sobre política, religión, economía, amor, teología, sexualidad (...). Por eso siempre vimos mutuamente el libro como un regalo perfecto. 

En 2024 una amiga me comentó sobre una membresía que enviaba todos los meses un libro a la casa. Le pregunté a mi mamá si le interesaba que yo la hiciera parte de la membresía, considerando que desde hace algunos años no trabaja y que, en lugar de comprar nuevos libros, estaba releyendo los que teníamos en casa. Me dijo que sí. 

Desde entonces me llama todos los días para contarme detalles de sus lecturas. El desarrollo de un personaje, la manera que la autora o el autor narra, la trama. Si el libro le gustó o no y el porqué de eso. Si la hizo llorar, sonreír, enojarse o qué. 

He leído esos libros a través de las palabras de mi madre. Ha sido mi
podcast
de libros favorito. Ya eso es un montón, pero hay algo más. 

En enero, en la consulta con su psiquiatra, él nos felicitó por contratar la membresía.
“Fue una excelente idea”, nos dijo. 

Mi madre padece esquizofrenia, una enfermedad crónica plagada de estereotipos y que afecta el sistema nervioso central y el cerebro. La esquizofrenia afecta el sistema cognitivo, provocando deterioro en la atención, la memoria y el aprendizaje. Pero las lecturas, me dijo el doctor, la están ayudando “a retardar su deterioro, a preservarla”. Algo que también es aplicable a personas con otras psicosis, Alzheimer u otros diagnósticos de salud mental. 

Yo ya sabía que las lecturas salvaban. Del aburrimiento, del frenesí de la vida, del dolor, de la estupidez (...). Ahora sé de algo mucho más importante: leer está salvando a mi mamá. Literalmente. 


 

Amanda Marton Ramaciotti (São Paulo, 1993). Periodista
y profesora universitaria. Jefa de redacción de la revista Anfibia Chile. Autora del libro “No quería parecerme a ti - vivir con una madre con esquizofrenia”. 

 
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