Manchones detrás de las rodillas

 

Fierros, cemento, apenas tres horas para levantar la cabeza y mirar el cielo.
El resto: griterío, riñas, hacerse la chora. La Estefi estaba ahí a causa de Anahí, pero eso le daba lo mismo. No sería la primera ni la última vez y ahora el encierro se sentía distinto. 

Se conocieron en el Bar Roma de Valparaíso, un sucucho con olor a marihuana y tablas empapadas en vino y los vidrios rotos de botellas que nadie recogía. Andaba con los amigos de su pinche batero. Les entregaron las Bálticas de litro y se sentaron a beber. Se aburría con esa gente, siempre hablando de tocatas metaleras, pero ¿acaso había otra cosa que hacer un sábado de invierno en el Puerto? 

Cuando bebía llegaba un punto en el que comenzaba a sentirse miserable, pero aún se sentía animada cuando una imagen espectral emergió del fondo de una de las piezas: un aro roñoso pendía de un alambre oxidado, colgando peligrosamente del techo y sobre éste, una silueta que le puso la piel de gallina. Una mantis de piel translúcida y melena guinda. Vestía un tutú y corsé negros y sus extremidades tatuadas, como hiedras, trepaban la argolla, convirtiéndose en un solo órgano. Se balanceaba grácil, como un ángel del inframundo. La acompañaba un pequeño parlante donde sonaba “Young and Beautiful” de Lana Del Rey. No tenía idea si era un acto preparado o simplemente la chica colgó su argolla iniciando un espectáculo improvisado. De todas formas, nadie más parecía notarla. Al verla, supo que también quería colgar de un fierro y volar como diosa gótica. Fue un deseo tan definitivo, que cuando la chica terminó su show se acercó a preguntarle si daba clases.

Al aro aéreo se le llama Lira. Cobro diez por sesión particular. Me llamo Anahí, anota mi WhatsApp y coordinamos le dijo mirándola fijo con sus ojos verdes de animé, mientras desenganchaba los grilletes y enrollaba la cuerda. 

Quedaron de hacer la clase el sábado siguiente en una suerte de casa okupa del Cerro Cárcel. Olía a pipí y a humedad y en su centro crecía una vegetación anárquica y salvaje, donde se disponían los implementos circenses. La luz pálida del cielo nublado iluminaba el rostro élfico de Anahí. 

―Todos los fierros duelen. Porque nunca estamos poniéndole presión de un fierro al cuerpo, ¿o no? 

La Estefi quiso corregirla y decir que, en su caso, varios fierros habían presionado sus partes, pero se limitó a asentir a la vez que, torpemente, con sus gruesas extremidades, intentaba imitar los movimientos de mantis. 

―Piérdele el miedo o te va a botar. ―le dijo Anahí apenas captó su aprensión ante la Lira. ―La corva tiene que morder el aro. 

―¿Corva?

―La parte baja de la pierna, que se agarra como un gancho.

―Creo que no lo lograré.

Estefi, las que avanzan más rápido no son las más livianas ni las atletas: son las que no tienen miedo ―dijo, y enfatizó la última frase. ―¿Alguna vez hiciste algún deporte?

―Sólo arrancar de los pacos ―lanzó una carcajada.

―El cuerpo tiene memoria, si eras buena corriendo, tus músculos se acordarán. Vamos a hacer la Delilah: la acrobacia más típica. A ver, yo te ayudo. 

Tomándole los hombros, la impulsó y logró engancharla al fierro. La Estefi logró, por segundos, dibujar con su cuerpo la postura y luego cayó al suelo.

―Voy a quedar toda moreteada.

―Aprendemos a convivir con los moretones. Mañana, descubrirás varios.

Despertarse con moretones desconocidos no era nuevo para la Estefi. Bofetadas, empujones, ser arrastrada por el suelo. 

“Maraca, puta de mierda, cochina culiá, ¿pa dónde vai, concha tu madre? Cuando quiera te culeo” amenazaba una voz en su memoria. Primero su padrastro, después una pareja. Las zurras la dejaban nocaut. Al otro día aparecía el arcoíris: primero un púrpura intenso que mutaba a un azulino que a la semana se convertía en verde, sellando el ciclo con tonos marrones. Esas huellas coloreaban su entrepierna, espalda y brazos y como un tatuaje quedaban inmortalizados en su piel por semanas, recordándole que era débil y pobre, indigna. 

Efectivamente, al despertarse los descubrió. Los más notorios eran los manchones en la fosa poplítea, detrás de la rodilla. También en la zona de las muñecas. Eran las carnes que más rozaban el metal. Como si la hubieran atravesado con clavos, las equimosis aparecían como los estigmas de Cristo. También sentía un ardor intenso.

Al principio el dolor era insoportable, era la viva imagen de la carta
Diez de Espadas del Tarot; la que muestra a una persona boca abajo, atravesada por el filo de diez espadas medievales. 

―La única forma de metabolizar ese dolor es volver a practicar, porque tus músculos acumulan ácido láctico ―le dijo Anahí. Curiosamente, resentía ese dolor con cierto deleite. La sensación de que su cuerpo, siempre castigado, recibiera un dolor diferente, uno elegido por ella misma, implicaba resignificar los manchones.

Tras un año de clases, se convirtió en experta y gestó una amistad con su instructora. “Cuéntamelo todo. Quiero escucharte, guachita”, la frase que se le repetía en la mente, lo que dijo a Anahí cuando agarraron confianza. Ella le contó que  vivió hasta los dieciocho en residencias del Sename, vistiendo ropa donada y transitoria. No había nada que la hiciera enojar más que esa ropa repartida, como a prisioneras de campo de concentración. No podía aferrarse ni a una puta falda. Con sus primeros pesos garzoneando, se compró una lencería fina y le juró amor eterno a la propiedad privada.

¿Cómo no sentirse absolutamente en llamas? Sus agallas no las había valorado nadie más. Fascinante y misteriosa: Anahí usaba una máscara intangible que cada tanto se quitaba para regalarle una sonrisa aprobatoria tan consistente, que podía jurar que en ese espacio no existía nada más que lo que compartían.

*

El día que la Estefi decidió ir al Casa Costanera ―donde se respira el lujo silencioso― fue porque tuvieron su primera pelea de amigas: una discusión tonta, pero tan fuerte, que sintió que iba a desangrarse y, para arreglar el entuerto, se propuso regalarle los tacones que tanto la había visto googlear. Estacionó el Kia y caminó a la entrada. El lugar era aséptico, tranquilo, claustrofóbico. La tienda Carolina Herrera lucía como el lobby de un hotel de cinco estrellas. Cada prenda brillaba como una escultura sobre las vitrinas. La dependienta le mostró los stilettos, le ofreció un cappuccino y trajo la Redcompra.

―Voy a pagar con efectivo, con billetes de veinte lucas, eso sí. Es un regalo para mi mejor amiga ―Dijo moduladamente.

Había conseguido los tacones perlados para Anahí. El lujo no era solo vestimenta, se sentía como un leit motiv: una explosión de emociones reprimidas, una declaración pública de amor y éxito. En la salida la abordó una dupla de carabineros y le pidieron su carnet para un control de identidad de rutina. Poco antes, habían constatado que el Kia del que había descendido estaba reportado por robo. Era evidente que la Estefi jamás podría camuflarse con esas gentes. La carabinera se aprestó para proceder a la detención por flagrancia.

―¡Los pagué con mi plata! ¿¡No tengo derecho a comprar, perros culiaos!? 

Los visitantes, asomados en los balcones de vidrio de los tres niveles, apreciaron el espectáculo que se libraba en la planta baja. Se resistía, daba patadas, le propinaron varios lumazos. Pensó en lo jodida que estaba. “Me van a encanar, los chuchesumadres”, pensó, pero lo que más le pesaba era que no podría seguir sus clases de Lira con Anahí.

La libertad era un espejismo, siempre a punto de difuminarse. Bajó la cabeza, contuvo el llanto y se dejó esposar. Un aplauso rotundo desde los balcones, como cuando termina una ópera, terminó por sellar el silencio. 

En la celda, repasó mentalmente las acrobacias. Dicen en el mundo de las artes aéreas que Delilah es la caída, pero también la fuerza antes de soltar. Los golpes nunca duelen en el aire, sólo después, cuando todo termina. Un estruendo eclipsó el silencio. Las reclusas se asomaron a las ventanas: un clásico “pelotazo”, objetos lanzados a los internos desde el exterior. Una Lira plateada rodó por la explanada del patio y se sintió el impacto del metal cayendo sobre el cemento. Como carbones, los ojos de la Estefi, se encendieron

 

 

Carla Retamal Pacheco (Talcahuano,1982). Es escritora y abogada. Orgullosa penquista y adicta al café. Tras quince años dedicada al derecho penal, publicó su primera novela, titulada Diablas (Aguarosa 2024).

 
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