Entrar en contacto con la lectura

“O te toca. O no te toca”. Eso respondió Clarice Lispector cuando Julio Lerner, el conductor del programa de televisión brasileño Panorama (1977), le preguntó sobre la conexión de su literatura con los lectores más jóvenes: “Supongo que entenderme no es una cuestión de inteligencia, sino de sentir, de entrar en contacto (...) Yo sé que antes nadie me entendía y ahora me entienden”. Sobre esa capacidad de comprensión, el periodista insiste y ella, hasta el hartazgo, dice no entender qué cambió en las personas que antes no la entendían y ahora parecían hacerlo.

Aunque para ese momento la escritora pensaba, lo dice en la misma entrevista, que el rol del escritor brasileño era el de hablar lo menos posible, accedió a responder las preguntas de Lerner y dejar registro de lo que vemos y oímos: el cenicero inmenso a su lado, la velocidad al contestar. Esos ojos y postura que dejan ver cierto escepticismo al escuchar o responder, otorgándole un aura radical a su figura. Pero a todo el derrumbe que se siente ante su presencia le gana el interés por sus respuestas, por esas palabras bien colocadas y, cuando no, corregidas rápidamente, con la premura y precisión de quien surfea en el lenguaje como lo hace G. H., la protagonista de aquel libro en que nos advertirá al principio:

“A POSIBLES LECTORES
Este es un libro como cualquier otro. Pero estaría contenta si fuese leído solo por personas de alma ya formada. Aquellas que saben que la aproximación, cualquiera que sea, se hace gradual y penosamente –atravesando incluso lo opuesto de aquello hacia lo cual se está aproximando–. Aquellas personas, solo ellas, entenderán muy lentamente que este libro no le quita nada a nadie. A mí, por ejemplo, el personaje de G. H. me fue dando poco a poco una alegría difícil, pero alegría al fin.
C. L.”

La pasión según G. H. es, ante todo, un libro sobre la comprensión, y por eso me imagino que encuadra bien la anécdota de la joven de 17 años que la entendía mejor que su profesor de literatura que cuenta Lispector, ilustrando así su idea sobre lo que significa ser o no comprendida. Una cuestión que poco tiene que ver con la inteligencia o la sabiduría. El libro sigue el relato de una voz que busca, que busca palabras, sentidos e historia en la necesidad de comprender(se) a medida que se escribe, y lo que le sucede, lo que la rodea y tiene adentro. Una voz que busca explicarse el mundo y entender el espacio que habita en él. Una voz, un cuerpo, todos los sentidos. Y como nos recordaba Guadalupe Santa Cruz (2016): “NUNCA NADA HA SIDO NADIE SINO SU VOZ, el cuerpo de voz que ha sido suyo” (Esta Parcela, 11).

Así, leemos al inicio de La pasión…:

… Estoy buscando, estoy buscando. Intento comprender. Intento dar a alguien lo que he vivido y no sé a quién, pero no quiero quedarme con lo que he vivido. No sé qué hacer con ello, tengo miedo de esa desorganización profunda. Desconfío de lo que me ocurrió. ¿Me sucedió algo que quizá, por el hecho de no saber cómo vivir, viví como si fuese otra cosa? A eso querría llamarlo desorganización, y tendría yo la seguridad para aventurarme, porque sabría después a dónde volver: a la organización primitiva. A eso prefiero llamarlo desorganización, porque no quiero confirmarme en lo que viví: en la confirmación de mí perdería el mundo tal como lo tenía, y sé que no tengo capacidad para otro. (25)

***

La primera vez que leí La pasión según G. H. y a Clarice Lispector estaba en tercer año de universidad. Fue una lectura obligatoria en medio de una ruptura amorosa —siempre las obligaciones del corazón— y un cierre de semestre —y las de la cabeza—. Dos traumas lo suficientemente grandes en ese momento para mí como para dejarme semanas sin querer ir a clases y con una cantidad de inasistencias peligrosa para mi avance académico. Recuerdo que no quería leerlo, que, como pocas lecturas de ese tiempo en que no tenía más que estudiar y trabajar un poco, no me interesaba. Por lo mismo, no fui a la clase en que lo trataríamos ni me preparé a tiempo. Lo leería después o no lo leería en absoluto e investigaría sobre él si era muy necesario.

Si lo leí al final fue porque recibí un correo inesperado, en el que me invitaban a salir de mí para escuchar otras cosas, poner la cabeza y el corazón en otros lados, de paso dejar de lado el malestar. Si lo leí al final fue por la preocupación de una profesora que tuvo la generosidad de no ir más allá de mi dolor en ese momento y me sugirió que, al menos, hiciera la lectura obligatoria; de paso, salvaba una nota y quizás —no lo sabía ella ni lo puso así—, me salvaba también yo —perdonen el cliché—.

Por ese tiempo leía rápido y había comenzado a adoptar un método de relectura. Si me costaba entender, leía más rápido y así luego podría volver a leer hasta entender, leer las veces que fuera necesario, porque a veces lo que no aparece en las primeras páginas toma más forma en lo que vendrá. O eso aprendí con Lispector en ese momento. No sé si porque también yo sentía que había perdido una tercera pierna que no necesitaba y sin la que me sentía completa, logré atravesar la lectura del libro con un buen ritmo. Aunque en realidad, lo veo ahora que lo vuelvo a tomar para escribir esto, se trata de una de las novelas más complejas que he leído y leeré, porque la búsqueda de sentido de G. H. es indagación y desborde, y quizás por eso es de mis favoritas: porque no la entiendo totalmente todavía, es un enigma, pero me gusta confiar en ella a ciegas y tener la certeza de que algo me tocó, quizás la necesidad de comprenderla o es que recibí su desafío muy temprano una madrugada y sin cuestionarlo.

***

Desde hace un tiempo, noto una insistencia en la pregunta sobre el lugar que debería ocupar la literatura en la vida. Mejor dicho, la lectura. Apelando a la siempre odiada lectura por obligación y a su contraparte, la lectura por placer, ¿entretenida?, como si leer fuera pagar por el día que se va con ropa de calle al colegio. Jeans day.

También hace un tiempo, se reveló que Chile obtuvo el peor puntaje entre los países de la OCDE en comprensión lectora, matemáticas y resolución de problemas. Según el artículo publicado por La Biblioteca Imaginada al respecto: “En promedio, los chilenos de 16 a 65 años obtuvieron 218 puntos en alfabetización y resolución de problemas, y 214 puntos en numeración, resultados por debajo del promedio de la OCDE”, que era de 260 puntos.

Con esas cifras, pienso que podríamos interesarnos un poco más en qué promovemos y qué no, cuáles son los discursos detrás de las intervenciones críticas que se hacen en nombre de la publicación, y en lo que realmente se problematiza y lo que pasa colado como columna de buen opinólogo, pero termina siendo una campaña más de desinformación, que le quita lugar a los debates o los anula en el desvío. 

Reducir la lectura a una dicotomía entre placer y obligación es no entender el lugar que ocupa en este mundo y cómo se instala, como práctica que va más allá de la participación cultural, en el día a día. Es desconectarse de su uso público, de su uso cotidiano, y de su valor más allá de la comprensión o la incomprensión, que no son casi nunca el tema cuando se agarra un libro y se ponen los ojos sobre la página, las palabras abren un mundo, se calla el nuestro. 

Como lectora, cada vez que pienso en la dificultad en la literatura, doy con la idea de que hay que atravesarla, irle en contra e insistir, y que no podríamos ponerlo de otro modo. Si los libros son dispositivos culturales, entonces su valor también estaría en su capacidad de desafiarnos y ponernos las cosas un poco patas pa’rriba. 

Y sé que si lo pienso es porque soy una lectora que se formó en literatura y trabaja en cuestiones asociadas a ella y hace lo que hace porque cree en ello. Pero también sé que lo hago no porque sea fácil o difícil, necesario o innecesario, útil o inútil. Y también porque se me cruza el recuerdo de esa profesora que hace unos meses nos paró muy bien los carros cuando un compañero le manifestó su necesidad de comprensión sobre cómo ayudarle a otros a comprender; cómo bajar los contenidos y pensar en una educación realmente popular. “No se tienen que bajar los contenidos”, nos dijo, “porque el pueblo no está abajo y, en cualquier caso, nosotres también somos de ese pueblo”. Y luego ejemplificó magníficamente con una comparación a los conocimientos populares sobre fútbol, siendo aquel un deporte complejo, pero popularizado a tal punto, de que los bares en las finales de las copas, se vuelven espacios de discusiones muy técnicas. El lugar que ocupa el conocimiento, la lectura como método para alcanzar el conocimiento, hoy, podría ser uno de los problemas en que fijarnos. 

Y también pienso en Lispector. En esa entrevista de 1977. O en la de Juan Rulfo para el programa A fondo el mismo año. El escritor mexicano que decía haber destruido su primera novela porque no le parecía lo suficientemente buena para ser publicada, decía también de Pedro Páramo que le parecía una novela difícil: “pero que fue hecha con esa intención. De que se necesitaran tres veces leerla para entenderla”.

¿Eran Lispector y Rulfo dos escritores herméticos y sangrones que no querían ser comprendidos porque mientras más difícil, mejor su literatura? ¿O tenían la certeza de que el apego con la literatura proviene de algo que está un poco más allá de la comprensión y que tiene relación con eso que Lispector enuncia como algo táctil: o te toca, o no te toca?

“Parece que yo gano en las relecturas, ¿no? Es un alivio”, dice Lispector en la entrevista. Parece que ganamos en las relecturas, me repito. Porque lo suyo no es, diría, una excusa ni una pose: es la constatación de un hecho.

 

 

Gabriela Alburquenque (Santiago, 1995). Escribe, investiga y edita. Es directora de Revista Origami. Fue reconocida con el Premio Roberto Bolaño por su novela “Aviso de demolición” (Los libros de la mujer rota, 2022) y finalista del Premio Municipal de Santiago por el mismo libro. En 2023 publicó “Hacia una poética del silencio. María Luisa Bombal” (Editorial Catalonia), reconocido con el Premio de la Cátedra de Mujeres y Medios.

 
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