Guía de lectura: libros para adentrarse en el mundo
Cuando entré a estudiar periodismo lo hice porque tenía mucha curiosidad. Había tantas cosas por saber y por conocer, aunque era imposible alcanzarlas todas, creía que el periodismo me daría una manera de acercarme sin que tuvieran que ser mías. Ahora miro con ternura mi ingenuidad al creer que algo así podía ocurrir.
Recuerdo con emoción y gratitud mis años de estudiante (que en realidad se acabaron hace muy muy poco): lo pasé demasiado bien, era todo lo que buscaba y necesitaba. Después de haber pasado por derecho y cambiar el rumbo, la carrera me devolvió el deseo de lectura y desde entonces mi formación tanto de lectora como de escritora ha estado fuertemente marcada por libros de periodismo que he leído.
Mis profesores y profesoras me dieron a leer clásicos como A sangre fría de Truman Capote (Anagrama, 1987), el gran perfil Frank Sinatra está resfriado de Gay Talese, El zumbido y el moscardón de Javier Darío Restrepo (Fondo de Cultura Económica, 2004) o Cristo con un fusil al hombro de Ryszard Kapuscinski (Anagrama, 2009). También me maravillé con libros de periodistas chilenos como Doña Lucía de Alejandra Matus (Ediciones B, 2013), Los Fusileros de Juan Cristóbal Peña (Debate, 2007), La danza de los cuervos de Javier Rebolledo (Ceibo, 2012) y Cazar al cazador de Pascale Bonnefoy (Debate, 2018).
“Yo encuentro cierta belleza en que las cosas sucedan —absurdas, contradictorias, a veces irreales— y me gusta entrar en la realidad como a un bazar repleto de cristales: tocando apenas y sin intervenir”
escribe la periodista argentina Leila Guerriero en Frutos extraños (Alfaguara, 2020). Más que en una belleza, yo lo pienso como una fascinación. No que los hechos que se narran hayan sucedido, porque la mayoría tratan sobre momentos terribles de la historia, sino que puedan ser relatados como literatura.
Me fascina cómo se usan las herramientas narrativas de la ficción en el periodismo. Ver la manera en que la literatura se adentra en esa realidad descrita a través de un cuidado y un trabajo cercano con el lenguaje.
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El año pasado estuve intensamente dedicada a una investigación que decantó en un largo reportaje. Durante ese tiempo, en los momentos donde me sentía media perdida o desolada, leí a periodistas. Para encontrar una voz, para pensar en métodos de reporteo, para entender cómo se selecciona lo más importante al momento de escribir, pero sobre todo para decirme a mí misma: no es valentía, es convicción.
Un autor que fue fundamental en ese período fue el periodista salvadoreño Óscar Martínez. Particularmente sus libros Los migrantes que no importan (Icaria Editorial, 2010) y Los muertos y el periodista (Anagrama, 2021), fueron tremendamente inspiradores. El primero narra y acompaña los dolores y sueños de los centroamericanos que llegan a México intentando cruzar hasta Estados Unidos. Son crónicas desoladoras, que hablan de una violencia y precariedad sistemática. Estas mismas se leen en Los muertos y el periodista, libro que nos hace preguntarnos una y otra vez, ¿hay esperanza frente a la violencia? ¿A ese tipo de violencia que parece interminable e inabarcable? Martínez duda y nos hace adentrarnos en sus temores y preguntas, pero también en su certeza de que el periodismo debe y puede, aunque sea decirle algo a ese entramado de política corrupta, narcos, pandillas, policías compradas y vidas robadas.
Ambos libros me recordaron una obviedad: hay periodistas que día a día ponen en riesgo sus vidas para que ciertas historias no sean silenciadas. Y también me hicieron pensar que escribiera lo que escribiera, tenía que creer que lo que estaba haciendo era importante. Los muertos y el periodista contiene una clase de ética comprimida, pero excelente, sobre cómo ejercer un buen periodismo.
Y el buen periodismo no solo le debe interesar a los periodistas, sino que a todos y todas las lectoras. Porque el buen periodismo es parte fundamental de cualquier democracia. Por algo es de las primeras cosas que se atacan cuando llegan gobiernos autoritarios y fascistas. Hoy mismo lo asistimos.
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Yo no creo que el periodismo esté en crisis, lo que sí lo está es la prensa.
Año a año vemos como cierran revistas, se cancela la impresión de diarios y recortan personal en canales de televisión. Pero todavía se escriben y publican libros de periodismo, hasta hay varios que son bestsellers. No estoy muy segura si será porque escapan la contingencia de las noticias o porque justamente son libros, pero sí me imagino que debe ser porque están bien escritos. Y cuando digo bien escritos me refiero a que su prosa sorprende, que no se quedan en solo contar una historia, sino que hay un interés por armar sensaciones, atmósferas y personajes que podrían ser dignos de cualquier gran ficción.
Aunque ser periodista no significa necesariamente ser buen escritor, en los libros que más me han cautivado del género, sus autores y autoras logran ser ambos.
Pienso en tres libros que muestran muy bien esa intersección: Sexografías de Gabriela Wiener (Literatura Random House, 2022), Los suicidas del fin del mundo de Leila Guerriero (Tusquets, 2006) y Atrás queda la tierra de Arianna de Sousa-García
(Seix Barral, 2024).
La escritora peruana Gabriela Wiener debe ser una de las maestras del periodismo gonzo contemporáneo y Sexografías es la prueba de aquello. Un libro que reúne crónicas que se centran en todas las posibilidades del sexo narradas desde una primerísima primera persona. Ella literalmente pone el cuerpo para la historia: se arranca de cuajo los pudores y echa a andar la literatura que abunda en la cotidianidad. Entra a buscar aquello que las fuentes se guardan o no saben contar, esos rincones que el periodismo tradicional no es capaz de iluminar, y que solo estando realmente ahí, no viéndolo sino que viviéndolo, el lenguaje adquiere una dimensión de realidad abrumante.
En Los suicidas del fin del mundo, Guerriero cuenta la historia de un pueblo perdido al sur de Argentina y una ola de suicidios que allí ocurrieron. Habla de los suicidios y de todo el contexto de Las Heras: el machismo, el alcoholismo, la pobreza, el abandono, la soledad, la violencia y el desamparo. Indaga en las interrogantes que se levantan frente a esas muertes, las mira de frente, no corre la vista como el resto de Argentina lo había hecho. Y eso lo vuelve un relato muy crudo, una hazaña periodística, de mucho rigor, pero también toneladas de humanidad.
“Les contamos nuestra historia a nuestros hijos los días que creemos necesario hacerlo para que nuestra memoria perdure, a través de ustedes, para que aprendan a detectar a carroñeros y a desmenuzar discursos. Escribirla es mi regalo para tu futuro, todas las cosas que tienen que ver contigo, son para ti”
escribe la periodista venezolana Arianna de Sousa-García en Atrás queda la tierra. Es un libro híbrido, parte crónica, parte carta, parte memoria, que le dedica a su hijo, donde le cuenta la historia de su propia migración que es también la historia de todo un pueblo.
La hibridez da cuenta de la imposibilidad de sostener la memoria en un solo formato. La autora entra en distintos roles para poder narrarla, pero nunca deja de ser periodista. Su oficio es lo que tiene frente a una patria que le hace temer no poder alimentar a su hijo y el país a donde llega que la recibe con una xenofobia sistemática instalada, que con los años solo se ha profundizado y expandido.
De alguna u otra manera, estos tres libros me han permitido conocer mundos propios y ajenos, que me pasan muy por el costado o que por el contrario veo día a día. Y los recuerdo claramente, aunque los haya leído hace tres o cinco años, porque la manera en la que eran narradas esas historias me conmovieron y me interpelaron. Me dijeron: no puedes ser tan ingenua.
Aún tengo fe en el periodismo porque hay realidades de las que no se puede escapar y que merecen ser vistas y narradas, nombradas y señaladas, porque todavía no somos indolentes ante el dolor ajeno (y espero que nunca lo seamos), porque las luces y sombras de nuestras vidas no necesitan siempre de la ficción para ser sostenidas en el papel.
Guía de lectura: libros para adentrarse en el mundo
A sangre fría, Truman Capote (1987)
El zumbido y el moscardón, Javier Darío Restrepo (2004)
Cristo con un fusil al hombro, Ryszard Kapuscinski (2009)
Doña Lucía, Alejandra Matus (2013)
Los Fusileros, Juan Cristóbal Peña (2007)
La danza de los cuervos, Javier Rebolledo (2012)
Cazar al cazador, Pascale Bonnefoy (2018)
Frutos extraños, Leila Guerriero (2020)
Los muertos y el periodista, Óscar Martínez (2021)
Atrás queda la tierra, Arianna de Sousa-García (2024)
Sexografías, Gabriela Wiener (2023)
Suicidas del fin del mundo, Leila Guerreiro (2006)
June García Ardiles (Santiago, 1996). Es periodista y escritora. Autora de Tan linda y tan solita, y la saga infantil El mundo de Lulú. Realiza clubes de lectura y talleres de escritura.